Horizontes de la praxis didáctica

Reconocer los territorios de la enseñanza, las playas del saber, las colinas del olvido, los valles de ignorancia y los riscos de la intolerancia del profesor, corresponden a una misión de la educación, para, luego de identificar los límites, establecer los horizontes de esa praxis, lo que de ese acto docente deviene. Es evidente, sin muchas formas de negarlo, que el ser humano en sus constantes búsquedas, precisa de unas motivaciones, unos intereses y, por supuesto, de unos horizontes que le muestren paisajes de esperanzas. Las maneras de abordar la autoridad, la ética, la estética, el respeto, el conocimiento, el discurso político o económico deben ser preocupaciones y horizontes del quehacer docente. Tampoco olvidemos que en las mazmorras, cuidando catatumbas o campos de concentración han florecido redentores que han hecho más por la humanidad que las mismas comunidades académicas que se supieron intoxicar con exceso de información, pero con carencia de sentido social. Tampoco podemos negar que muchos docentes son el fruto de un trabajo arduo y largo que han marcado un hito, dejando huella y satisfacción a todos los que los rodean. Algunos son científicos, investigadores, amantes de la sabiduría y plenos de vitalidad para proseguir con su labor que no siempre es recompensada. Sabido es que el mejor profesional es precursor de su éxito, diseñador de su destino ¿quién hubiese sido Sócrates sin Platón y Aristóteles?, no sabemos, pero es probable que no estarían en el sitial que hoy se les ubica. El mejor docente es aquel que se convierte en acontecimiento, supera la anécdota para sembrar un mundo de posibilidades y no un cosmos de limitaciones.

Miguel Alberto González González